viernes, marzo 27, 2009
Vaticinio
14:37 Anotado en Blog | Permalink | Comentarios (1) | Email esto
martes, marzo 17, 2009
Soltando la mano
Mucha gente sabe cuanto me gusta el verano.
Apenas empieza a hacer calor, busco faldas, chalas y todo el equipamiento veraniego, lista para absorber toda la radiación solar posible, situación que me ha hecho merecedora del apodo Barbie Malibú, no porque me parezca a la estupenda muñeca cincuentona, sino por mi manía de echarme al sol acompañada de todos mis accesorios.
Este año, por primera vez en mucho mucho tiempo, no viaje -ni con mi familia ni con mis amigos- a ninguna parte. O sea, me fui a Talca unos días, que habrían sido geniales de no tener que convivir con gente indeseable y egocéntrica que hablaba hasta por los codos de su condición de periodista disque estrella, sin fijarse siquiera en que Anthony Bourdain no es español ni tiene bigote negro. Fuera de aquello, P y su familia siempre son un siete, les amo. Después de la visita de mi hermano y nuestra ida a Fantasilandia, donde sentí que vi la muerte, parece como si me hubiera aislado de todo el mundo este verano, no sé bien por qué. Supongo que por pasar de vivir con tres personas y trabajar interactuando con mil gente todo el día, a aterrizar en Santiago con un calor insoportable (juro que el año próximo sí tendré aire acondicionado), un departamento para mi sola y amigos que siguen en las vidas que tenían cuando me fui. Todo esto implica que ahora tenga miedo de vivir sola, y que juntarme con la gente sea una verdadera hazaña logrando coordinar una fecha. No sé, a veces hasta se me hace extraño hablar por teléfono después de estar todo el día conmigo misma. Es como desaparecer de la faz de la tierra sin irse a ningún lado. Siempre estuve aquí. Flojeando y viendo tele: los participantes de 1810 son mis mejores amigos, aunque en el fondo, me caen bien mal (excepto Gonzalo Egas, así, rayado y todo).
Es raro, y además, el verano ya se acabó sin que hubiera alcanzado el bronceado de todos los años, y siento que fue una especie de elipsis extraña, como si me lo hubiera saltado o algo así. Como si hubiera estado viviendo en otra parte, fuera de este mundo.
Ahora empezó marzo, que es cuando realmente pasan cosas para todos, mientras yo siento que sigo en un intervalo donde no pasa nada.
Necesito un proyecto que implique actuar, así que empecé a pintar mi departamento.
No tengo idea cómo resultará al final, pero quiero que las cosas cambien, aunque sea el color de unas paredes.
Al final de este posteo inconexo, hecho -como dice el título- para soltar la mano, sólo tengo una certeza: necesito acostumbrarme a estar sola, sin que se me vuelva tan cómodo que deje de necesitar al resto, porque sé que eso es peligroso para mí.
Necesito sobrevivir a mí misma.
Apenas empieza a hacer calor, busco faldas, chalas y todo el equipamiento veraniego, lista para absorber toda la radiación solar posible, situación que me ha hecho merecedora del apodo Barbie Malibú, no porque me parezca a la estupenda muñeca cincuentona, sino por mi manía de echarme al sol acompañada de todos mis accesorios.
Este año, por primera vez en mucho mucho tiempo, no viaje -ni con mi familia ni con mis amigos- a ninguna parte. O sea, me fui a Talca unos días, que habrían sido geniales de no tener que convivir con gente indeseable y egocéntrica que hablaba hasta por los codos de su condición de periodista disque estrella, sin fijarse siquiera en que Anthony Bourdain no es español ni tiene bigote negro. Fuera de aquello, P y su familia siempre son un siete, les amo. Después de la visita de mi hermano y nuestra ida a Fantasilandia, donde sentí que vi la muerte, parece como si me hubiera aislado de todo el mundo este verano, no sé bien por qué. Supongo que por pasar de vivir con tres personas y trabajar interactuando con mil gente todo el día, a aterrizar en Santiago con un calor insoportable (juro que el año próximo sí tendré aire acondicionado), un departamento para mi sola y amigos que siguen en las vidas que tenían cuando me fui. Todo esto implica que ahora tenga miedo de vivir sola, y que juntarme con la gente sea una verdadera hazaña logrando coordinar una fecha. No sé, a veces hasta se me hace extraño hablar por teléfono después de estar todo el día conmigo misma. Es como desaparecer de la faz de la tierra sin irse a ningún lado. Siempre estuve aquí. Flojeando y viendo tele: los participantes de 1810 son mis mejores amigos, aunque en el fondo, me caen bien mal (excepto Gonzalo Egas, así, rayado y todo).
Es raro, y además, el verano ya se acabó sin que hubiera alcanzado el bronceado de todos los años, y siento que fue una especie de elipsis extraña, como si me lo hubiera saltado o algo así. Como si hubiera estado viviendo en otra parte, fuera de este mundo.
Ahora empezó marzo, que es cuando realmente pasan cosas para todos, mientras yo siento que sigo en un intervalo donde no pasa nada.
Necesito un proyecto que implique actuar, así que empecé a pintar mi departamento.
No tengo idea cómo resultará al final, pero quiero que las cosas cambien, aunque sea el color de unas paredes.
Al final de este posteo inconexo, hecho -como dice el título- para soltar la mano, sólo tengo una certeza: necesito acostumbrarme a estar sola, sin que se me vuelva tan cómodo que deje de necesitar al resto, porque sé que eso es peligroso para mí.
Necesito sobrevivir a mí misma.
01:34 Anotado en Blog | Permalink | Comentarios (1) | Email esto


